
Estoy sentada en el coche, mirando el paisaje maravilloso que se extiende ante mis ojos. Fascinante. Nunca había visto unas montañas tan verdes, unos prados tan espectaculares, tanta calma, tanta paz. El Sol acaricia las copas de los árboles, y ellos se lo agradecen moviendo ligeramente sus hojas. Todo está en perfecta harmonía: el cielo, las montañas, los árboles, las plantas, los pájaros... incluso nosotros mismos que cabalgamos ese paisaje de postal a bordo de nuestro todoterreno 4x4.
Abro la ventana y respiro profundamente el aire fresco que me llena los pulmones y me hace sentir más viva que nunca. Siento la mirada tierna de mi madre que me observa a través del espejo retrovisor, la miro y me sonríe dulcemente. A lo lejos, mientras el coche avanza, me parece ver un lago entre las montañas, al borde de la carretera.
- ¡Papá, papá! ¿Ves el lago? ¿Podemos parar?
Mis padres se miran mutuamente y se sonríen - claro que podemos parar reina, merece la pena.
Pasados unos metros, mi padre encuentra un hueco para dejar el coche sin molestar a algún conductor que pueda pasar por allí (aunque de momento llevamos más de dos horas sin ver ni uno solo).
Bajo corriendo del automóvil y me acerco al lago, me siento abrumada por la belleza que me brinda el lugar: las montañas del fondo, de un verde vivo en su parte más cercana al lago y cada vez con menos vegetación a medida ascienden, están bañadas por rayos de Sol despistados aquí y allá, sus árboles irradian energía. El lago tiene las aguas más azules y tranquilas que nunca haya visto, y hay patos y cisnes divertidos que nadan de un lado a otro, disfrutando de ese hábitat excepcional en el que viven. Jamás había visto animales tan libres, tan felices, tan puros. Todo lo que me rodea es puro, y esa sensación me embriaga y me llena de placer y bienestar. La sensación de que todo es absolutamente perfecto.
No puedo resistir la tentación, y le pido a mi madre que me dé permiso para bañar mis pies en el lago, ella vuelve a sonreír y asiente con la cabeza. Mientras me descalzo a toda prisa, mi madre y mi padre se dedican a instalar una manta sobre el césped y a preparar un ligero tentempié que nos dará fuerzas para seguir nuestro viaje a través de las montañas.
Despacio, meto primero el pie derecho, sólo la punta de los dedos, y un escalofrío me recorre todo el cuerpo, está tan fría que a medida voy metiendo el pie, siento que me duele. Es como si la sangre circulara con mucha más fuerza, como si las células de todo mi cuerpo se activaran. Vuelvo a inspirar profundamente ese aire cargado de oxígeno y sonrío. Me siento feliz de verdad. Después de mucho pensármelo, consigo estar con los dos pies dentro de las aguas del lago, pequeños peces me rozan al nadar cerca de mí, me hacen sentir cosquillas en las piernas.
Mi madre me llama desde el césped, ya ha preparado los bocadillos, y un vaso de leche con chocolate, hay que ir a comer algo. Salgo corriendo del agua y me siento al lado de mi padre que me mira sonriente y me acaricia el pelo. Me siento bien, segura y llena de vida. Ojalá esta sensación dure para siempre.
Oigo un pitido -pip, pip, pip, pip, pip, próxima parada, Sant Cugat- La voz de autómata del tren me saca de mi sueño, vuelvo a la realidad, son las 9 de la noche y vuelvo a casa después de varios días fuera por temas laborales. Como echo de menos esas sensaciones, sentir que todo es nuevo y maravilloso, sentir que todo encaja. Como echo de menos ver la vida con los ojos de una niña.
Abro la ventana y respiro profundamente el aire fresco que me llena los pulmones y me hace sentir más viva que nunca. Siento la mirada tierna de mi madre que me observa a través del espejo retrovisor, la miro y me sonríe dulcemente. A lo lejos, mientras el coche avanza, me parece ver un lago entre las montañas, al borde de la carretera.
- ¡Papá, papá! ¿Ves el lago? ¿Podemos parar?
Mis padres se miran mutuamente y se sonríen - claro que podemos parar reina, merece la pena.
Pasados unos metros, mi padre encuentra un hueco para dejar el coche sin molestar a algún conductor que pueda pasar por allí (aunque de momento llevamos más de dos horas sin ver ni uno solo).
Bajo corriendo del automóvil y me acerco al lago, me siento abrumada por la belleza que me brinda el lugar: las montañas del fondo, de un verde vivo en su parte más cercana al lago y cada vez con menos vegetación a medida ascienden, están bañadas por rayos de Sol despistados aquí y allá, sus árboles irradian energía. El lago tiene las aguas más azules y tranquilas que nunca haya visto, y hay patos y cisnes divertidos que nadan de un lado a otro, disfrutando de ese hábitat excepcional en el que viven. Jamás había visto animales tan libres, tan felices, tan puros. Todo lo que me rodea es puro, y esa sensación me embriaga y me llena de placer y bienestar. La sensación de que todo es absolutamente perfecto.
No puedo resistir la tentación, y le pido a mi madre que me dé permiso para bañar mis pies en el lago, ella vuelve a sonreír y asiente con la cabeza. Mientras me descalzo a toda prisa, mi madre y mi padre se dedican a instalar una manta sobre el césped y a preparar un ligero tentempié que nos dará fuerzas para seguir nuestro viaje a través de las montañas.
Despacio, meto primero el pie derecho, sólo la punta de los dedos, y un escalofrío me recorre todo el cuerpo, está tan fría que a medida voy metiendo el pie, siento que me duele. Es como si la sangre circulara con mucha más fuerza, como si las células de todo mi cuerpo se activaran. Vuelvo a inspirar profundamente ese aire cargado de oxígeno y sonrío. Me siento feliz de verdad. Después de mucho pensármelo, consigo estar con los dos pies dentro de las aguas del lago, pequeños peces me rozan al nadar cerca de mí, me hacen sentir cosquillas en las piernas.
Mi madre me llama desde el césped, ya ha preparado los bocadillos, y un vaso de leche con chocolate, hay que ir a comer algo. Salgo corriendo del agua y me siento al lado de mi padre que me mira sonriente y me acaricia el pelo. Me siento bien, segura y llena de vida. Ojalá esta sensación dure para siempre.
Oigo un pitido -pip, pip, pip, pip, pip, próxima parada, Sant Cugat- La voz de autómata del tren me saca de mi sueño, vuelvo a la realidad, son las 9 de la noche y vuelvo a casa después de varios días fuera por temas laborales. Como echo de menos esas sensaciones, sentir que todo es nuevo y maravilloso, sentir que todo encaja. Como echo de menos ver la vida con los ojos de una niña.