jueves, 11 de febrero de 2010

TE ECHARÉ DE MENOS


Recuerdo cómo llegué aquí. Hace ya muchos años, o al menos así lo siento yo, como si hiciese mucho tiempo.
Era una mala racha para una perrita joven y acostumbrada a vivir siempre en casa como yo. De repente, un buen día me encontré sola en la calle, tirada, sin nadie de mi anterior hogar, sin nada que llevarme a la boca.
El verano azotaba con fuerza las calles y el Sol abrasaba todo cuanto se ponía a su alcance. Recuerdo las sensaciones que pasaban por mi mente: miedo, ansiedad, angustia, recuerdos nostálgicos de momentos mejores... todo en mi cabeza era pánico; los coches que pasaban rugiendo, la gente corriendo sin darse cuenta de que yo estaba allí... intentaba decirles algo, mirarles a los ojos y esperar a que alguien se diese cuenta de lo neceistaba que estaba, de cariño y de cuidados; de que alguien me acogiese en su hogar.
Pasaron los días, deambulaba por las calles de la ciudad sin rumbo, usmeando los contenedores de la basura, buscando algo que comer. Poco a poco las fuerzas de perrita joven y sana con las que empecé mi fprzada aventura se fueron marchando, para dejar tan sólo algunas enfermedades causadas por la mala alimentación y la falta de higiene. En cuestión de semanas me eché encima más de cinco años. Y ya sabéis que los años perrunos son "más largos" que los años humanos.

Un día me encontraba yo tumbada en un pequeño porche, un poco escondido de las miradas ajenas y que además me resguardaba del sofocante calor. De repente, vi a tres hombres que, enfundados en un traje uniformado, venían directamente hacía donde yo me encontraba. Quise huir, pero mis pocas fuerzas me jugaron una mala pasada y no me dio tiempo a escapar. Se avalanzaron sobre mí y me metieron dentro de una furgoneta. Estaba segura de que era mi fin. Extrañamente, seguía recordando con añoranza a mi anterior dueño, aunque fuese él quien me dejó tirada en la gasolinera. Aunque fuese él quien me llevase a esa aventura que, estaba ciento por ciento segura, me encaminaba a la muerte.

El camino hasta el centro de acogida se me antojó eterno. Parecía que en cualquier momento iban a parar aquélla furgoneta para obligar a que me bajase y hacer lo propio. Pero no. Llegamos a la residencia, recuerdo que estaba extremadamente débil, apenas pordía caminar por mi misma. Y aquellos hombres me ayudaron. Me llevaron a una habiación donde un veterinario me examinó por completo. No sé qué diagnóstico les debió dar a mis captores, pero no sería demasiado bueno, porque éstos me miraron con ojos tristes. Me pusieron un par de inyecciones y me llevaron a mis nuevos "aposentos".
Se trataba de un puñado de jaulas alineadas, por lo menos alcancé a ver cincuenta mientras me trasladaban a la mía, pero estoy segura de que habían más. Se podían oír muchos gritos de perritos como yo. Todos estaban tristes y, algunos, agotados de vivir. Por fin llegamos a mi jaula; no era muy grande, debía medir unos cinco metros cuadrados, en su interior habían dos perros más: un caniche de color blanco y un pequeño pequinés muy mayor. Al entrar en la jaula se me quedaron mirando, aunque parecían acostumbrados a compartir su "dormitorio" con desconocidos.
Los hombres que me habían capturado improvisaron una cama para mi, con algunas mantas viejas. Me cogieron y me dejaron encima, la verdad es que en la situación en la que me encontraba se me entojó la cama más cómoda del mundo. No podía apenas moverme, estaba sin fuerzas. Recuerdo vagamente que intenté hablar con mis compañeros de habitación, pero estaba tan cansada que no conseguí que mis palabras tuviesen sentido. Caí agotada en un profundo sueño.
Pasaron horas, muchas. Me despertaron una chica joven y un hombre que me obligaron a comer una especie de papilla insípida y densa. Después más visitas al veterinario. Cada día al menos dos veces.
Pasó una semana, y me sentía mejor. Había recuperado parte de mis fuerzas, pero seguía teniendo problemas en el estómago. Todo lo que comía me sentaba mal. Y mi delgadez era extrema, cosa que parecía que preocupaba a mis cuidadores, que era en lo que se habían convertido esas personas.
Un día,cuando llevaba cerca de diez días en la residencia, llegaron unos visitantes inesperados. Y fue la mejor visita que jamás hubiese podido tener. Se trataba de un chico joven, de unos veinte años, junto con una mujer y un hombre de mediana edad. Me vieron tumbada en mi camita y al momento se pararon delante de mi jaula, me sonrieron, y sentí sus voces cálidas llamándome, pidiéndome que me acercara. Yo estaba cansada, y además sentía pánico por toda persona que no fuesen mis cuidadores. Pero entonces recordé cuánto me gustaba cuando mis anteriores dueños me acariciaban, me hacían fiestas y jugaban conmigo. Recordaba todo aquello muy lejano, casi como si hubiese pasado en otra vida. Esos fueron los recuerdos que me animaron a levantarme y acercarme a aquélla gente, y por eso saqué fuerzas para mover mi colita (que fue amputada cuando era tan sólo un bebé, además de las orejas, que me recortaron para que pasaran de ser unas orejas grandes y caídas de perrita bonachona a unas subidas y puntiagudas. Parece ser que así impongo más respeto... cosa que nunca he entendido, porque es lo último que quiero transmitir.) y lamerles las manos, quería demostrarles que era simpática y que agradecía que se hubiesen parado ante mi jaula. Porque desde que había llegado allí, incluso desde que me dejaron en la gasolinera, nadie había mostrado el más mínimo interés por darme algo de cariño, cosa que yo echaba enormemente de menos.
Estuvimos así un rato, conociéndonos, la verdad es que se me antojaron buenas personas. Ellos hablaron un rato con uno de los hombres que me cuidaba, mientras hablaban desviaban sus miradas hacia mi, y me sonreían. Yo movía mi colita. De repente, abrieron la jaula y me sacaron. Estaba asustada, temía que me volviesen a dejar tirada en la calle. Me metieron en un coche y estuvimos de viaje un rato, una media hora; hasta que llegamos a una casa. Una gran casa con jardín, un jardín enorme. Me soltaron allí y me dieron de comer, me prepararon una camita dentro de una habitación resguardada y me acariciaron largo rato. Había más gente. Habían dos niños, de unos quince años, la niña sobre todo estaba encantada conmigo, me besaba, me acariciaba, me abrazaba... me sentía muy feliz. Hacía mucho tiempo que no lo estaba tanto.

Y esta es mi historia. Ahora, después de más de diez años, estoy muy mayor y veo como mi luz se apaga. También veo que mi familia está triste porque ven que me van a perder, y a mi me gustaría poderles decir que no se preocupen, que gracias a ellos volví a nacer y he podido disfrutar de una vida plena y feliz. Me gustaría decirles que les quiero.
Aunque tengo la sospecha de que ya lo saben, porque llevo mucho tiempo demostrándoselo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

MIEDO

Últimamente parece que el viento sopla con más fuerza que nunca. O así lo siente ella cuando camina por la calle con la bufanda subida hasta los ojos y la cabeza encogida, como si quisiera fusionarse con el resto de su cuerpo.
Las manos en los bolsillos y los puños apretados de manera inconsciente, así parece que el calor se retiene durante más tiempo. Los cascos en las orejas bien colocados, para no oír ningún sonido del exterior. Y camina, camina,camina.
Es casi de noche, aunque apenas son las 5 de la tarde. El invierno se ha hecho fuerte rápido, y de la noche a la mañana se han cambiado las camisetas de tirantes y las sandalias por los abrigos y las botas. Parece que el frío ha llegado definitivamente para quedarse del todo. La canción que suena le gusta, así que sin darse cuenta, acelera el paso y empieza a mirar a su alrededor, las hojas de colores ocres que se diseminan por aquí y por allá bailan un caprichoso y apasionado vals con el viento. Se levantan en espiral para después caer; y vuelta a empezar.
Se enciende un cigarro y sigue caminando, esta vez con la bufanda bajada para poder inhalar el humo del pitillo. Se da cuenta entonces del vaho que sale de su boca, de lo frío que está el ambiente. El tabaco siempre le ha dado una falsa sensación de calor cuando fuma en invierno. Inhala profundamente el humo, sabe que este vicio le matará algún día, pero no es capaz de dejarlo.
Sigue caminando atravesando la ciudad, sin fijarse demasiado en nada ni nadie, absorta en sus pensamientos. Pero hay algo que la saca de sus divagaciones. A lo lejos, cerca del mercado de la ciudad, ve una sombra que se difumina en la negra noche. Hasta aquí todo parece normal, pero lo que le llama la atención es darse cuenta de que, al contrario que ella, este personaje no emite vaho al respirar. Qué siniestro.
Decide aminorar el paso y acercarse. No sabe por qué pero su corazón le late muy fuertemente, está emocionada, excitada. Quizá es lo que necesite ahora mismo, un poco de caña. Sigue caminando hacia la extraña sombra, que resta inmóvil a las grandes puertas del mercado. Al irse acercando, empieza a sentir un fuerte olor a azufre, intenso y molesto, que se introduce y se clava en su pituitaria. Recuerda que su abuela cuando era niña le explicó leyendas y cuentos de espíritus demoníacos; cuando alguno de estos entes se manifestaba, lo podías saber gracias al olor a azufre. O a huevos podridos,como le decía la yaya.

Este olor le hace recordar historias de terror que, leyendas o no, le hacen revivir aún con pánico aquéllos cuentos que la abuela le contaba cuando era sólo una niña. Para la abuela no eran cuentos chinos precisamente.
Se decía en la familia que su abuela y bisabuela habían tenido poderes. Que eran capaces de ver más allá que el resto, de entender más que nosotros. Decían también que era hereditario y genético en las mujeres de la familia, como una especie de don de la naturaleza que sólo las féminas de su estirpe tenían la suerte de poseer. Aunque esta creencia dejó de serlo cuando su madre, una mujer racional y entregada a la ciencia, manifestó que todo eso eran tonterías y habladurías de vieja. Que ella no veía ni oía nada que no viesen y oyesen todos. Así que, desde entonces, el don de las mujeres de la familia pasó a ser un cuento de verdad. Y así lo había interpretado ella siempre.

Con estos pensamientos está cuando se cruza con el extraño personaje. Éste la mira de arriba abajo, y ella puede sentir ese olor más fuerte, puede oír su respiración ronca y susurrante escapar entre los dientes, puede ver su cara abrupta y malformada gracias a la tenue luz que la luna brinda. Pero no puede ver el vaho, ni sentir su aliento. Parece que ese ser está muerto. O al menos, parece que no es un humano.
Al cruzarse con él, acelera el paso sin saber por qué, de nuevo el corazón trota en su pecho y la hace sentir viva. Aunque recuerda esa sensación: es el miedo, miedo que no había sentido desde las historias y leyendas de la familia. Miedo irracional pero patente. Miedo que se le hace difícil de controlar. Se le hace difícil no echar a correr como alma que lleva el diablo. Como un niño que huye del hombre del saco. Pero es una adulta, y no puede dejarse sobrepasar por eso. Es sólo eso, química. Todo lo que siente en su interior son reacciones químicas, se repite continuamente.



Ahora no le molestan ni el viento ni el frío, ni siquiera les presta atención. Sólo piensa en huir, huir de esa terrible imagen que ha visto. Huir lejos y olvidarla, o enterrarla en lo más profundo de su psique. Se gira para comprobar que todo sigue bien, pero allí está, igual, con la misma pose estática, pero ahora ya no en las puertas del mercado, sino cerca del puerto, a tan sólo 10 metros de ella. Se ha acercado. Y ella vuelve a mirar al frente y sigue acelerando el paso, deseando que todo sea un sueño o una alucinación. Ahora casi está corriendo. El olor a azufre sigue siendo penetrante, parece como si la persiguiese. Para sus adentros reza las pocas oraciones que sabe (educada bajo una doctrina totalmente laica, sus padres nunca le inculcaron fe; solamente una: creer en lo que se puede demostrar, lo demás, no existe.) Sigue huyendo mientras todos estos pensamientos la acechan, hacen que esa sensación infantil de miedo visceral se agrande y la invada por completo. Está totalmente aterrada. Se vuelve a girar: su perseguidor (ya está segura de que lo es) se encuentra ahora a tan sólo unos pasos de ella, si saltase, la alcanzaría sin problemas. Ahora puede fijarse en sus ojos: son totalmente blancos, como si no tuviesen retinas. Aunque parecen unos ojos secos y sin capacidad para transmitir información visual al cerebro, se da cuenta de que ven y miran. Se da cuenta de que la buscan. Todo transcurre en un segundo, el extraño personaje está demasiado cerca, la está oliendo, busca su aroma. La busca a ella. De repente, él la mira fijamente con esa mirada vacía y siniestra, unos ojos que le hace sentir frío desde dentro hacia afuera. Se estremece con esa sensación. Él le sonríe y le deja ver una dentadura marrón y con pocos dientes. Esa sonrisa es lo último que necesita para salir, ahora sí, huyendo pies para que os quiero. (Como el niño que huye del hombre del saco, ya no importa decir que ese miedo es quien está controlando ahora sus actos).

Sigue corriendo y corriendo, sin mirar atrás y sin dejar de sentir ese olor a azufre. Está atemorizada. Está segura de que lo tiene detrás de ella, caminando pero yendo demasiado rápido para un ser humano, persiguiéndola. Corre tanto que pierde uno de sus zapatos, pierde el mp4 y hasta el bolso. No le importa, sólo piensa en no perder la vida. A lo lejos, ve el bloque de apartamentos en el que vive, y una ligera sensación de alivio y protección quiere aflorar, pero el propio miedo visceral no le deja. Sigue corriendo. Todo lo rápido que dan sus piernas, sin pensar en que va medio descalza y llorando, sólo piensa en llegar. Llegar a casa y cerrar la puerta tras de sí.
Por fin entra en el portal. Decide subir por las escaleras, estar en un espacio tan cerrado y pequeño como el ascensor cuando “algo” como eso te persigue no parece muy buena idea. Sube los 4 pisos hasta su apartamento en menos de un minuto, por fin, llega a casa y cierra la puerta.
Su respiración está totalmente agitada, le duele la garganta y el pie que ha perdido el zapato está ensangrentado y herido. No sabe cuándo perdió el zapato, no sabe cuántos metros habrá corrido sin él. Se apoya en la puerta, se deja caer abatida y no puede evitar echarse a llorar como una niña.

De pronto empieza a oír algo, una especie de ronroneo, un sonido... como de arañazos. Alguien está arañando la puerta de su apartamento. Y ella está allí, encerrada. Empieza a pensar que quizá no ha sido tan buena idea ir a casa.

Ahora los arañazos son más fuertes, más continuados y más insitentes. Escucha una risa gutural al otro lado. Está segura, es él.

Quizá su abuela no estuviese tan equivocada como decía su madre. Quizá, sólo quizá, “eso” de detrás de la puerta sólo es capaz de verlo ella. A partir de hoy, si sale de ésta, aprenderá a creer un poco más en cuentos de viejas.

jueves, 15 de octubre de 2009

¿Y MIS MUSAS?


Que alguien me explique, si es que alguien lo sabe, dónde andan las musas metidas... ¿estarán de vacaciones como dice Serrat? ¿o quizá es que simplemente me han abandonado? ¿A ustedes también les pasa, o es que es algo personal entre ellas y yo? Ando desconcertada y perdida en este aspecto, la verdad. Y lo peor es que nadie me sabe ayudar.
Pensando, he recordado que al iluminado contestatario antisocial que es el Sr. Risto Mejide lo han nominado al Premio Planeta, por su "Pensamiento Negativo"; pues quizá será eso, que las Musas están con él, para decirle a quién ha de criticar y cómo en su libro y en su programa (por descontado rebelde, antisocial y afilado cual filo de navaja). Y así vamos, ¿las Musas se han vuelto igual de hipócritas que el Mundo o qué pasa? que alguien me lo explique, porque yo de verdad que no lo entiendo.

Pues eso, y le sigo dando vueltas al tema... ¿dónde estarán mis musas? Estarán, me digo, con el Sr. Presidente de la Generalitat de Valencia, el Sr. Camps, inspirándole para escurrir aún más el bulto, a ver si cuela y podemos quedarnos donde estamos, en el cotarro. Buscamos un cabeza de turco y .. voilà! aquí no ha pasado nada, todo es claro y transparente. Tan transparente como un montón de estiércol, disculpen la imagen que se habrá dibujado en sus mentes pero es que, de verdad, no se me ocurre nada más ilustrativo que un montón de mierda para que nos hagamos una idea todos de la turviez de todo este asunto. Pero no sé, ¿será eso? ¿estarán las musas tan corrompidas?.

Y más vueltas le doy. Y ahora recuerdo más cosas; como por ejemplo la cantidad de paro que sube y sube y sube... y, claro, me doy cuenta de que las Musas también tendrán que estar ahí, inspirando al Sr. Presidente del Gobierno, Zapatitos Bambi, a salir de este embrollo con la cabeza alta. Pero es que me parece que ni con todas las musas del universo va a ser posible, señor Presidente. Porque esto no lo aregla ni Dios, así que menos las Musas.

Así a bote pronto, me salen más necesitados de Musas que Musas hay en el Mundo. Y claro, ya empiezo a comprender el por qué a mí ni me miran a la cara. Demasiado trabajo, mejor dicho, demasiada basura que limpiar para sólo un puñado de almas de buena intención como son ellas. Pues normal que haga tanto tiempo que yo no sé de ellas. Ahora lo entiendo...

En resumen, que nada podemos hacer para que las Musas regresen a darnos su inspiración mientras nuestros pobres políticos, personajes televisivos y showmans estén tan necesitados. ¿No nos da penita? Como siempre ha sido, en este país hay estratos, ¿no los notan?

viernes, 11 de septiembre de 2009

ADIÓS

"Este Adiós, no maquilla un hasta luego,
este nunca no esconde un ojalá,
estas cenizas, no juegan con fuego,
este ciego, no mira para atrás;
este notario, firma lo que escribo,
esta letra, no la protestaré.
Ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas, son las de después.
A este ruido,
tan huérfano de padre no voy a permitirle que taladre un corazón podrido de latir.
Este pez, ya no muere por tu boca,
este loco, se va con otra loca,
estos ojos, no lloran más por tí".

miércoles, 5 de agosto de 2009

El Gatito


En aquélla parte de ese extraño lugar donde se encontraba había poca luz, el Sol quedaba muy lejos de aquel planeta, por eso la oscuridad lo llenaba en su mayor parte. Era como vivir en una eterna noche, fresca y maravillosa como lo eran las de su Tierra en verano, cuando vivía con los suyos. Pero aunque parezca lo contrario, no los añoraba demasiado, sólo en contadas ocasiones, cuando se sentaba en el acantilado sin final y miraba cómo pasaban las criaturas que allí vivían. Todas eran maravillosamente extrañas para él, hadas de pelo largo y nariz puntiaguda, con orejas pequeñas y una vocecita fina como el canto de una sirena, como si la sirena cantara una nana para dormir a su hijo; así eran las hadas de aquél lugar. Al contrario de lo que podáis pensar, no eran seres diminutos, sino prácticamente del mismo tamaño que él, bueno, del mismo tamaño que tenía antes de que el Mago Torín le enviara el hechizo que le había llevado allí, el hechizo que lo había convertido en un gatito pequeño y frágil, casi como de jueguete.
Pero habían más seres que vivían con él desde hacía algún tiempo: estaban los gnomos planetarios, que eran hombrecitos, éstos sí de tamaño muy pequeño, tanto que si no tenías cuidado era fácil que los pisaras sin darte cuenta; había también las libélulas danzarinas que acostumbraban a llevarse muy bien con los dragones voladores verdes. Éstos últimos eran muy amigos del gatito, y muchas veces le dejaban que se subiera a su lomo para darle un largo paseo por el otro lado del planeta.

Allí la cosa cambiaba: no se atrevía a ir solo al otro lado porque vivían criaturas extrañas y malévolas, criaturas que, digámoslo así, no eran muy amigas de las visitas. Estaban las abejas de fuego, los ogros mudos y las moscas verdes. Bueno, quizá parezca de película de risa, pero para el gatito asustadizo eran su mayor temor, animales enormes que pululaban por esa parte del planeta, la parte que le habían enseñado a no visitar nunca a menos que no fuese a lomos de un dragón volador. Incluso haciéndolo así, a veces el gatito no podía mantener la vista al frente y se acurrucaba temeroso abrazando el cuello de su enorme y protector amigo.

Aunque no lo parezca, el gatito vivía feliz en ese planeta, había descubierto lo maravilloso de correr sin parar persiguiendo animalillos diminutos, comiendo y arrancando las frutas silvestres que daba aquélla árida tierra... siempre y cuando el Mago Torín no se enterase, claro.
Torín era un mago viejo y arrugado, de cabellos largos y blancos como la nieve recién caída en la cima de una montaña. Tenía unos ojos diminutos que se escondían tras los pliegues de su arrugada piel, aunque si los mirabas fijamente, su azul más intenso que el mar te hacían sentir extraño, débil y poca cosa a su lado. Era un ser cuanto menos estrambótico, le gustaban los dulces con locura, comía todos los que caían entre sus manos, hasta el punto de que a veces tenía que quedarse dentro de la cabaña tomando sus mágicos brevajes para curar lo que los pasteles de hadas (siempre se los preparaban, creía el gatito, para librarse de él durante un tiempo, porque sabían las hadas que el Mago Torín no tenía límites cuando de dulces se trataba)le habían hecho en su mágico estómago.

El Mago era quién había encogido al gatito, era también quién le había llevado a ese extraño planeta, y separado de la abuelita que le cuidaba en su anterior planeta, la Tierra. El gatito no sabía exactamente por qué, pero ya empezaba a no importarle, porque en la cabañita del mago se estaba bien, además él le daba algunos dulces también, lo que no disgustaba para nada al gatito.

Así fueron pasando los días, tantos que, cuando el gatito me explicó esta historia, ni siquiera recordaba el tiempo que estuvo correteando de un lado a otro del planeta, comiendo dulces de hada y paseando por todos los rincones de aquélla peculiar tierra a lomos de sus amigos los dragones verdes. Hasta que un día Torín llegó con otro gatito, mejor dicho, gatita. Era pequeña como él, y estaba asustada. El gatito creyó que él era el preferido del Mago, por lo que no hizo mucho caso del nuevo habitante. A los pocos días, notó que Torín estaba más ausente que antes, si cabe. Y la gatita iba siempre con él. Eso no le gustó.
Al día siguiente, estaba sentado en el acantilado comiendo galletitas de chocolate púrpura, cuando se acercó volando Charly, el dragón verde más anciano. Éste le explicó al gatito que Turín estaba disgustado con él, que se arrepentía de haberlo traído al Planeta, porque no había servido para nada. El gatito, sin entender, le preguntó a Charly que cuál era el motivo por el que el Mago creía que no había servido para nada, a lo que el dragón contestó:
- Turín es el encargado de despertar sentimientos enterrados, y eso intentó contigo gatito, pero parece ser que en tí no hay nada que desenterrar.
Dicho esto, Charly sacó una bocanada de fuego azulada por su nariz vieja y seca, abrió sus enormes alas y se marchó volando al otro lado. El gatito le gritó que le llevara con él, pero éste se negó, alegando que Turín le había prohibido a él y al resto de su especie llevarle a lomos al otro lado.
- No podemos!, el Mago quiere que recapacites y que busques en tí el verdadero motivo por el que te trajo, que no es comer dulces, ni tampoco volar todo el día a lomo nuestro como si fuésemos una atracción de feria!
El gatito siguió mirando al horizonte hasta que Charly desapareció en él. Y se quedó muy triste. Tan triste que no pudo evitar llorar y lamentarse, echar de menos a su abuelita, a los niños que a veces iban a verle y que le hacían juegos y carícias... su Tierra y su casa.

Quizá no había apreciado lo suficiente a la abuelita, quizá había dado por sentadas muchas cosas que no debería. Esto le hizo llorar más y más, hasta que sus llantos se oyeron por todo el Planeta, hasta las libélulas lo oyeron desde el otro lado, y el gatito no podía parar de llorar.
Lloró tanto, que a sus pies se formó un charco de lágrimas saladas, un charco en el que el gatito empezó a ver su carita triste reflejada, y esto le acongojó tanto que todavía se lamentó y lloró más.

Se hizo la tarde y llegó Torín, con la nueva gatita pequeña, y nuestro amigo seguía llorando, mientras el charco se asemejaba cada vez más a un pequeño oceáno de tristeza a los pies del gatito, también triste. Turín le preguntó por qué lloraba y él le contestó entre sollozos que echaba de menos a su abuelita, a sus niños, a su camita mullida y calentita cerca de la chimenea... echaba de menos su vida en la Tierra, porque nunca pensó que lo que tenía era tan bueno hasta que lo perdió.
El Mago, al escuchar al gatito sonrió ampliamente, y le dijo que entrara en la cabañita. El gatito desganado siguió a Torín hasta la casa, donde se dejó caer sin fuerzas en el suelo, abatido.
De repente, el Mago dijo:
- ¡Brrarrum, brrarram! ¡El gatito a su tamaño normal!
Y nuestro amigo sintió un extraño cosquilleo que le recorrió desde el hocico hasta la punta de la cola, era como un calambre que le hizo erizarse y ponerse de pie. Se notó raro, diferente, enorme. ¡Era como si todo su cuerpo pesara el triple!, vio como sus patitas habían crecido, ¡ahora todo él era como antes! ¡había vuelto a ser el mismo!
El Mago le dijo:
- Por fin has decidido mirar en tí, entender lo que quieres y lo que tenías, apreciar lo que la vida te dio. Ahora, vuelve con tu abuelita, ella también está muy triste desde que te marchaste.

Abrió los ojos y se sintió entumecido, no recordaba muy bien cuándo se había dormido. Se desperezó y notó un calorcito muy agradable en la cara... abrió los ojos despacio ¡El Sol! ¡entraba Sol por las ventanas!. Estaba en su camita, con la abuelita a su lado senatada en su butaca y haciendo ganchillo. Sintió una oleada de alegría en su interior, sin ni siquiera pensarlo, ronroneó tan fuerte que la abuelita lo oyó desde su asiento, se levantó y lo cogió en brazos acariciándolo sin parar. El gatito restregó su carita con la de su ama, su amiga y casi su madre.

La abuelita le sirvió un cuenco con leche, la leche más rica que nuestro amigo el gatito había probado jamás.

martes, 2 de junio de 2009

¿QUIÉN ME HA ROBADO EL MES DE ABRIL?



Aquí les dejo un vídeo del maestro Sabina, en una de mis canciones preferidas... nostálgica y triste, pero preciosa e intensa. Seguramente todos nos hemos sentido alguna vez así: como si nos hubiesen robado el mes de abril.

Un beso enorme, cuídense mucho!