jueves, 15 de octubre de 2009

¿Y MIS MUSAS?


Que alguien me explique, si es que alguien lo sabe, dónde andan las musas metidas... ¿estarán de vacaciones como dice Serrat? ¿o quizá es que simplemente me han abandonado? ¿A ustedes también les pasa, o es que es algo personal entre ellas y yo? Ando desconcertada y perdida en este aspecto, la verdad. Y lo peor es que nadie me sabe ayudar.
Pensando, he recordado que al iluminado contestatario antisocial que es el Sr. Risto Mejide lo han nominado al Premio Planeta, por su "Pensamiento Negativo"; pues quizá será eso, que las Musas están con él, para decirle a quién ha de criticar y cómo en su libro y en su programa (por descontado rebelde, antisocial y afilado cual filo de navaja). Y así vamos, ¿las Musas se han vuelto igual de hipócritas que el Mundo o qué pasa? que alguien me lo explique, porque yo de verdad que no lo entiendo.

Pues eso, y le sigo dando vueltas al tema... ¿dónde estarán mis musas? Estarán, me digo, con el Sr. Presidente de la Generalitat de Valencia, el Sr. Camps, inspirándole para escurrir aún más el bulto, a ver si cuela y podemos quedarnos donde estamos, en el cotarro. Buscamos un cabeza de turco y .. voilà! aquí no ha pasado nada, todo es claro y transparente. Tan transparente como un montón de estiércol, disculpen la imagen que se habrá dibujado en sus mentes pero es que, de verdad, no se me ocurre nada más ilustrativo que un montón de mierda para que nos hagamos una idea todos de la turviez de todo este asunto. Pero no sé, ¿será eso? ¿estarán las musas tan corrompidas?.

Y más vueltas le doy. Y ahora recuerdo más cosas; como por ejemplo la cantidad de paro que sube y sube y sube... y, claro, me doy cuenta de que las Musas también tendrán que estar ahí, inspirando al Sr. Presidente del Gobierno, Zapatitos Bambi, a salir de este embrollo con la cabeza alta. Pero es que me parece que ni con todas las musas del universo va a ser posible, señor Presidente. Porque esto no lo aregla ni Dios, así que menos las Musas.

Así a bote pronto, me salen más necesitados de Musas que Musas hay en el Mundo. Y claro, ya empiezo a comprender el por qué a mí ni me miran a la cara. Demasiado trabajo, mejor dicho, demasiada basura que limpiar para sólo un puñado de almas de buena intención como son ellas. Pues normal que haga tanto tiempo que yo no sé de ellas. Ahora lo entiendo...

En resumen, que nada podemos hacer para que las Musas regresen a darnos su inspiración mientras nuestros pobres políticos, personajes televisivos y showmans estén tan necesitados. ¿No nos da penita? Como siempre ha sido, en este país hay estratos, ¿no los notan?

viernes, 11 de septiembre de 2009

ADIÓS

"Este Adiós, no maquilla un hasta luego,
este nunca no esconde un ojalá,
estas cenizas, no juegan con fuego,
este ciego, no mira para atrás;
este notario, firma lo que escribo,
esta letra, no la protestaré.
Ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas, son las de después.
A este ruido,
tan huérfano de padre no voy a permitirle que taladre un corazón podrido de latir.
Este pez, ya no muere por tu boca,
este loco, se va con otra loca,
estos ojos, no lloran más por tí".

miércoles, 5 de agosto de 2009

El Gatito


En aquélla parte de ese extraño lugar donde se encontraba había poca luz, el Sol quedaba muy lejos de aquel planeta, por eso la oscuridad lo llenaba en su mayor parte. Era como vivir en una eterna noche, fresca y maravillosa como lo eran las de su Tierra en verano, cuando vivía con los suyos. Pero aunque parezca lo contrario, no los añoraba demasiado, sólo en contadas ocasiones, cuando se sentaba en el acantilado sin final y miraba cómo pasaban las criaturas que allí vivían. Todas eran maravillosamente extrañas para él, hadas de pelo largo y nariz puntiaguda, con orejas pequeñas y una vocecita fina como el canto de una sirena, como si la sirena cantara una nana para dormir a su hijo; así eran las hadas de aquél lugar. Al contrario de lo que podáis pensar, no eran seres diminutos, sino prácticamente del mismo tamaño que él, bueno, del mismo tamaño que tenía antes de que el Mago Torín le enviara el hechizo que le había llevado allí, el hechizo que lo había convertido en un gatito pequeño y frágil, casi como de jueguete.
Pero habían más seres que vivían con él desde hacía algún tiempo: estaban los gnomos planetarios, que eran hombrecitos, éstos sí de tamaño muy pequeño, tanto que si no tenías cuidado era fácil que los pisaras sin darte cuenta; había también las libélulas danzarinas que acostumbraban a llevarse muy bien con los dragones voladores verdes. Éstos últimos eran muy amigos del gatito, y muchas veces le dejaban que se subiera a su lomo para darle un largo paseo por el otro lado del planeta.

Allí la cosa cambiaba: no se atrevía a ir solo al otro lado porque vivían criaturas extrañas y malévolas, criaturas que, digámoslo así, no eran muy amigas de las visitas. Estaban las abejas de fuego, los ogros mudos y las moscas verdes. Bueno, quizá parezca de película de risa, pero para el gatito asustadizo eran su mayor temor, animales enormes que pululaban por esa parte del planeta, la parte que le habían enseñado a no visitar nunca a menos que no fuese a lomos de un dragón volador. Incluso haciéndolo así, a veces el gatito no podía mantener la vista al frente y se acurrucaba temeroso abrazando el cuello de su enorme y protector amigo.

Aunque no lo parezca, el gatito vivía feliz en ese planeta, había descubierto lo maravilloso de correr sin parar persiguiendo animalillos diminutos, comiendo y arrancando las frutas silvestres que daba aquélla árida tierra... siempre y cuando el Mago Torín no se enterase, claro.
Torín era un mago viejo y arrugado, de cabellos largos y blancos como la nieve recién caída en la cima de una montaña. Tenía unos ojos diminutos que se escondían tras los pliegues de su arrugada piel, aunque si los mirabas fijamente, su azul más intenso que el mar te hacían sentir extraño, débil y poca cosa a su lado. Era un ser cuanto menos estrambótico, le gustaban los dulces con locura, comía todos los que caían entre sus manos, hasta el punto de que a veces tenía que quedarse dentro de la cabaña tomando sus mágicos brevajes para curar lo que los pasteles de hadas (siempre se los preparaban, creía el gatito, para librarse de él durante un tiempo, porque sabían las hadas que el Mago Torín no tenía límites cuando de dulces se trataba)le habían hecho en su mágico estómago.

El Mago era quién había encogido al gatito, era también quién le había llevado a ese extraño planeta, y separado de la abuelita que le cuidaba en su anterior planeta, la Tierra. El gatito no sabía exactamente por qué, pero ya empezaba a no importarle, porque en la cabañita del mago se estaba bien, además él le daba algunos dulces también, lo que no disgustaba para nada al gatito.

Así fueron pasando los días, tantos que, cuando el gatito me explicó esta historia, ni siquiera recordaba el tiempo que estuvo correteando de un lado a otro del planeta, comiendo dulces de hada y paseando por todos los rincones de aquélla peculiar tierra a lomos de sus amigos los dragones verdes. Hasta que un día Torín llegó con otro gatito, mejor dicho, gatita. Era pequeña como él, y estaba asustada. El gatito creyó que él era el preferido del Mago, por lo que no hizo mucho caso del nuevo habitante. A los pocos días, notó que Torín estaba más ausente que antes, si cabe. Y la gatita iba siempre con él. Eso no le gustó.
Al día siguiente, estaba sentado en el acantilado comiendo galletitas de chocolate púrpura, cuando se acercó volando Charly, el dragón verde más anciano. Éste le explicó al gatito que Turín estaba disgustado con él, que se arrepentía de haberlo traído al Planeta, porque no había servido para nada. El gatito, sin entender, le preguntó a Charly que cuál era el motivo por el que el Mago creía que no había servido para nada, a lo que el dragón contestó:
- Turín es el encargado de despertar sentimientos enterrados, y eso intentó contigo gatito, pero parece ser que en tí no hay nada que desenterrar.
Dicho esto, Charly sacó una bocanada de fuego azulada por su nariz vieja y seca, abrió sus enormes alas y se marchó volando al otro lado. El gatito le gritó que le llevara con él, pero éste se negó, alegando que Turín le había prohibido a él y al resto de su especie llevarle a lomos al otro lado.
- No podemos!, el Mago quiere que recapacites y que busques en tí el verdadero motivo por el que te trajo, que no es comer dulces, ni tampoco volar todo el día a lomo nuestro como si fuésemos una atracción de feria!
El gatito siguió mirando al horizonte hasta que Charly desapareció en él. Y se quedó muy triste. Tan triste que no pudo evitar llorar y lamentarse, echar de menos a su abuelita, a los niños que a veces iban a verle y que le hacían juegos y carícias... su Tierra y su casa.

Quizá no había apreciado lo suficiente a la abuelita, quizá había dado por sentadas muchas cosas que no debería. Esto le hizo llorar más y más, hasta que sus llantos se oyeron por todo el Planeta, hasta las libélulas lo oyeron desde el otro lado, y el gatito no podía parar de llorar.
Lloró tanto, que a sus pies se formó un charco de lágrimas saladas, un charco en el que el gatito empezó a ver su carita triste reflejada, y esto le acongojó tanto que todavía se lamentó y lloró más.

Se hizo la tarde y llegó Torín, con la nueva gatita pequeña, y nuestro amigo seguía llorando, mientras el charco se asemejaba cada vez más a un pequeño oceáno de tristeza a los pies del gatito, también triste. Turín le preguntó por qué lloraba y él le contestó entre sollozos que echaba de menos a su abuelita, a sus niños, a su camita mullida y calentita cerca de la chimenea... echaba de menos su vida en la Tierra, porque nunca pensó que lo que tenía era tan bueno hasta que lo perdió.
El Mago, al escuchar al gatito sonrió ampliamente, y le dijo que entrara en la cabañita. El gatito desganado siguió a Torín hasta la casa, donde se dejó caer sin fuerzas en el suelo, abatido.
De repente, el Mago dijo:
- ¡Brrarrum, brrarram! ¡El gatito a su tamaño normal!
Y nuestro amigo sintió un extraño cosquilleo que le recorrió desde el hocico hasta la punta de la cola, era como un calambre que le hizo erizarse y ponerse de pie. Se notó raro, diferente, enorme. ¡Era como si todo su cuerpo pesara el triple!, vio como sus patitas habían crecido, ¡ahora todo él era como antes! ¡había vuelto a ser el mismo!
El Mago le dijo:
- Por fin has decidido mirar en tí, entender lo que quieres y lo que tenías, apreciar lo que la vida te dio. Ahora, vuelve con tu abuelita, ella también está muy triste desde que te marchaste.

Abrió los ojos y se sintió entumecido, no recordaba muy bien cuándo se había dormido. Se desperezó y notó un calorcito muy agradable en la cara... abrió los ojos despacio ¡El Sol! ¡entraba Sol por las ventanas!. Estaba en su camita, con la abuelita a su lado senatada en su butaca y haciendo ganchillo. Sintió una oleada de alegría en su interior, sin ni siquiera pensarlo, ronroneó tan fuerte que la abuelita lo oyó desde su asiento, se levantó y lo cogió en brazos acariciándolo sin parar. El gatito restregó su carita con la de su ama, su amiga y casi su madre.

La abuelita le sirvió un cuenco con leche, la leche más rica que nuestro amigo el gatito había probado jamás.

martes, 2 de junio de 2009

¿QUIÉN ME HA ROBADO EL MES DE ABRIL?



Aquí les dejo un vídeo del maestro Sabina, en una de mis canciones preferidas... nostálgica y triste, pero preciosa e intensa. Seguramente todos nos hemos sentido alguna vez así: como si nos hubiesen robado el mes de abril.

Un beso enorme, cuídense mucho!

martes, 21 de abril de 2009

UN LARGO VIAJE




Marta.

Cerró la puerta tras de sí, era noche cerrada y el viento azotaba con fuerza, las farolas iluminaban ténuemente las calles, encendió un cigarrillo y echó a andar, sabía que no iba a verle nunca más, sabía que lo dejaba, a él y a su casa, para siempre. No le importaba, todo estaba decidido ya hacía meses. Pero era hoy cuando se había atrevido a dar el paso definitivo. Así que con paso ligero torció en la primera esquina a la derecha, no quería que ningún vecino la viese por casualidad, y sacó su móvil para llamar al taxi que la llevaría al aeropuerto. El avión salía a las 6 de la mañana, eran las cuatro. Sabía que llegaría con tiempo de sobras para facturar su equipaje y desayunar, ojear alguna revista e incluso escribir en su diario.
Se sintió plenamente feliz, por fin era ELLA, Marta, la misma Marta de cuatro años atrás, cuando conoció a Pablo. Casi se había olvidado de la sensación de alegría que se siente cuando consigues, por fin, llevar tú misma las riendas de tu vida. Sin nadie que te juzque o que te diga "ya te lo dije". Pensó en Pablo, en la cara que pondría al despertar y ver que no estaba en casa (se daría cuenta cuando viese que no estaba el desayuno preparado, era lo único que le interesaba de ella a ésa hora de la mañana), y se dibujó en su mente un retrato robot de la expresión de su ex marido (¡ex marido! creía que jamás podría referirse a Pablo como tal) cuando viese la carta que había dejado para él en la mesa de la cocina. No pudo evitar que una amplia sonrisa orgullosa le recorriese la cara. Una sonrisa que decía "¡He ganado, gilipollas, jódete!
Un coche giró la esquina, era su taxi. Su sonrisa estalló en una carcajada de júbilo y éxito que rompió el silenció de esa noche oscura. Subió al taxi dejando atrás toda una vida, camino de otra, pero ésta de verdad. Cuando el coche subió de nuevo por su calle, observó lo que había sido su casa durante casi diez años hasta que desapareció en la noche, como si en realidad jamás hubiese estado allí. Ella y los seres que la habitaron algún día. - Así es - pensó - ni la Marta que ha vivido allí ha existido jamás, ni tampoco su marido, ese tal Pablo - Miró hacia adelante todavía con una sensación de energía renovada que la hacía sentir más viva que nunca. - ¿Así que al aeropuerto? - preguntó el taxista - ¿Viaje de negocios o de placer? - ella pensó su respuesta un par de segundos - placer - dijo - de hecho, creo que será el viaje más largo y placentero de mi vida - .El taxista sonrió y siguió conduciendo camino del avión que llevaría a Marta a Nápoles, la ciudad que le brindaría la oportunidad de empezar de nuevo.

Pablo.

Sonó el despertador, como siempre, demasiado pronto. Eran las siete en punto de la mañana, se dio la vuelta y vio con algería que Marta ya no estaba en su lado de la cama: Así habría desayuno listo y llegaría temprano a la oficina, tenía que terminar de perfilar unos informes para la reunión de esa misma tarde con los alemanes. Así que salio de la cama y se encaminó a la ducha, se lavó los dientes y se acicaló con uno de sus trajes, como siempre cuando venían los alemanes a pasar revista.
Bajó corriendo las escaleras, gritando:
- Marta, ¿qué has preparado para desayunar? - pero no obtuvo respuesta alguna.
Entró en la cocina y se extrañó al no encontrar a Marta allí, ¡ni el desayuno!. Se enfureció de veras. Ahora llegaría tarde y no podría dedicar el tiempo suficiente a los informes. Gritó con todas sus fuerzas - Marta, joder, ¿dónde coño te has metido? - nada, no se oía ni un alma.
Revolvió toda la casa ciego de furia, pero Marta no estaba por ningún lado. Entonces se preparó un café y se sentó encima de la mesa. Una hoja de papel cayó al suelo. Parecía una carta, estaba metida en un sobre, y con la letra de Marta había escrito su nombre, Pablo. Así que la abrió y comenzó a leer:

Al principio sentía que las cosas no hubisen salido bien entre nosotros. Lo sentía de veras. Pero fue pasando el tiempo, no demasiado, y poco a poco mi mente fue volviendo en sí. Digo volviendo en sí porque contigo jamás fui yo. No lo hice voluntariamente, pero ahora me doy cuenta de que así fue.
Tu forma de ser, tus pretensiones... nunca dejaron aflorar mi personalidad. Supongo que por miedo. ¿Y sabes lo que me da miedo de verdad? darme cuenta, ahora que soy consciente de todo, ahora que mi mente es la que era antes de conocerte, me aterra profundamente el darme cuenta de que ése era el principio de de un peligroso camino. Aunque yo tuve fuerzas, o más bien suerte, y lo desandé antes de llegar ni siquiera a la mitad. Porque ésa es la senda que lleva a la incomprensión eterna, al olvido de uno mismo, a perder todo lo que con tanto trabajo has hecho de tí. Yo estuve a punto de perderlo, ahora me doy cuenta, y me alegro de que no haya pasado. Por eso con el tiempo empecé a alegrarme de que las cosas no hubiesen ido bien entre tú y yo.

Yo no busco ningún culplable, pero me gustaría que te dieses cuenta de que no me has conocido nunca, en todo el tiempo que estuvimos juntos, durante todas las conversaciones que mantuvimos, cuando hacíamos el amor... no era yo, sólo mi cuerpo. Y lo que es más importante: no fui yo porque tú nunca me dejaste.
No soy ninguna de tus hermanas, no soy como ellas, ni como tu madre. Tus comparaciones contínuas con ellas me llevaron a un estado de alienación mayúsculo, sin darme cuenta, intentaba emular su forma de ser, sus reacciones, incluso sus gestos... ¿a caso los míos no eran buenos? llegué a creer que no, que no era suficientemente buena para tí. Pero ahora me he dado cuenta: eres tú el que no eres suficientemente bueno para mí. Así que me marcho Pablo.

No te diré a dónde voy, porque no quiero retornar jamás a esta etapa de mi vida, y eso te incluye a tí. Es extraño la delgada línea que separa el amor del odio, ¿no crees?. Me gustaría poder presentarte a la verdadera Marta, pero ya es tarde porque estoy agotada, extenuada. No tengo fuerzas para seguir intentándolo, simplemente no puedo. No te pido que me perdones, porque no me importa. Espero que la vida te trate bien, y que consigas ser feliz con la persona que esté destinada a tí, la mujer que tenga todo lo que tú buscas; estoy segura de que yo no lo soy, aunque me ha costado darme cuenta, ahora lo sé, y por eso me voy.

Te pido que no me busques, simplemente olvídame y empieza de nuevo, espero que tengas mucha suerte.

Se despide para siempre,


Marta.


Se sintió morir. Se había ido. Su cabeza se llenó de todos los temores que había deshechado durante mucho timpo, sabía que no la trataba bien, sabía que la quería mucho más de lo que le demostraba... sabía más de lo que Marta creía. Pero casi es peor ignorar lo evidente que no darse cuenta, y para él ya era demasiado tarde. Encendió un cigarrillo y lloró sentado en la mesa de la cocina, arrugando entre sus dedos el papel que le había hecho sentirse la persona más estúpida y abandonada del mundo. En el fondo de su alma sabía que se lo merecía. - Por no valorar lo que has tenido a tu lado tanto timpo - se dijo - ¡estúpido engreído y confiado!

Leyó la carta una docena de veces, cada vez más hundido y triste. No sabía si podría soportar la vida sin ella, pero le había dicho explícitamente que no la buscase, y eso lo iba a respetar. Ya era hora de empezar a respetar a la persona que más había querido en su vida, y a la vez, a la que peor había tratad sin merecerlo.


Se levantó de la mesa y se ajustó la corbata, la rojez de sus ojos delataba que había estado llorando, así que fue al baño a por el colirio que Marta solía usar cuando salían a tomar alguna copa por las noches, tenía los ojos muy sensibles y el humo de los locales le afectaba en seguida. Recordó cómo le obligaba a cambiarse de ropa si consideraba que iba demasiado escotada o con una falda demasiado corta, una punzada de dolor y rabia le volvió a recordar cuánta razón había tenido ella al abandonarle. Encendió otro cigarro y aspiró profundamente, como si el humo inhalado fuera a conseguir que olvidase toda la mierda que llevaba encima, y apenas eran las ocho y media. Se miró en el espejo del baño y vio un hombre derrotado, abatido y triste. Sin nadie que le apoyase, sin nadie que le deseara un buen día en el trabajo... sin ella. Las lágrimas puganaban por brotar de nuevo, pero se resistió a ello.

Se puso la americana y se fue a trabajar, esperando que el día le ayudase a olvidar lo vacía y oscura que iba a estar la casa esa noche cuando regresara.

viernes, 27 de marzo de 2009

SABOR A CANELA


Me recosté en la butaca, todavía me dolía la cabeza del alborotado día que había tenido. Pero por fin había terminado, por fin. Ahora, después de un largo baño con sales en el jacuzzi del hotel (de algo tiene que servir estar siempre de viaje por el trabajo), me disponía a tomar un whisky con hielo de minibar, y a escuchar algo de música relajante. Di el primer trago de whisky, que me supo a gloria: el antídoto contra todos mis males. Decidí aumentar el momento de relajación al máximo exponente, así que me levanté de la butaca y rebusqúé en mi neceser, buscaba la mascarilla de té rojo, que tanto me refrescaba y me ayudaba a entrar en ese estado de semi-nirvana. Me la apliqué suavemente en el rostro, y me quité el albornoz. Estaba completamente desnuda delante del espejo con la mascarilla puesta, me examiné a fondo. -En el fondo no está mal- pensé mientras escrutaba cada centímetro de mi piel. Mis piernas no eran largas como las de una modelo, pero si esbltas, capaces de lucir sin ningún problema una buena minifalda. Una de las partes de mí que más me gustaban era mi vientre: era plano y duro, fruto de las repetidas series de abdominales que acostumbraba a hacer en el gimnasio. Los pechos eran pequeños, pero debido a eso, siempre estaban mirando hacia arriba, tersos y turgentes, seguían estando igual que cuando tenía 18 años. La verdad es que el conjunto me gustaba, me sentía sexy allí desnuda delante del espejo. Mi cintura era estrecha pero a la vez mis caderas eran anchas (se me pasó por la cabeza que, aunque ahora se llevan los prototipos de mujer más bien rectos, en otra época hubiese sido el modelo ideal. Sólo había que echar un vistazo a mis caderas para darse cuenta de mi potencial de fertilidad); de todos modos a mí me gustaba ser una mujer con curvas. Y me constaba - y me consta todavía- que a la mayoría de los hombres también.

Salí del lavabo todavía desnuda y me tumbé en la cama con el vaso de whisky en la mano, la música me hacía sentir en paz, en calma. Di otro sorbo de mi bebida, y exhalé todo el aire que me quedaba en los pulmones. Poco a poco la mente se fue vaciando hasta quedar sólo pensamientos primarios, básicos. Me sentía atontada por el whisky, pero me serví otro. Ahora abrí la ventana de la habitación y salñi fuera.

Eran más d elas 12 de la noche, el cielo de Argel estaba despejado y las estrellas parecían un montón de pequeñas luciérnagas jueguetonas que bailaban en el firmamento. Mi balcón daba a la piscina del hotel, y allá al horizonte, se apreciaba el mar. Se sentía una brisa cálida que hacía que la noche fuese de lo más apacible, así que no reparé demasiado en mi desnudez. Cogí una silla y me senté bebiendo sorbo tras sorbo de mi ya tercer vaso de whisky, era realmente estupendo estar allí, por ese rato me sentí en el paraíso, conseguí olvidar mi mal día y el hecho de estar sola en un país extrangero como aquél. Un sonido de pasos me sacó de mis pensamientos, había alguien moviéndose debajo de mi balcón, no conseguía verlo, pero se notaba una presencia, se sentían sus pasos y movimientos. Entonces me di cuenta de que estaba totalmente desnuda, entré rápido a la habitación para ponerme de nuevo el albornoz. Me sentí asustada por la presencia desconocida a esas horas de la noche, me tranquilicé interiormente convenciéndome a mí misma de que sería personal del hotel, o simplemente algún animal que paseaba por el jardín. Me di la vuelta para salir de nuevo al balcón y coger mi vaso de whisky, pero al hacerlo me quedé petrificada. Alguien había entrado en mi habitación, desde el jardín no era demasiado difícil entrar a mi cuarto, dado que estaba en la planta baja del hotel. Maldije mi miedo a las alturas que me había llevado a pedir la habitación de la planta baja.
Se trataba de un hombre, era alto y delgado, esbelto. Su piel era morena y sus rasgos duros. Tenía una nariz egipica, y los ojos más bellos y profundos que jamás había visto. Ojos negros como el azabache, como la noche que bañaba ese exótico país. El brillo que emitían me dejó anonadada, incapaz de articular palabra, me quedé parada delante de él, sin poder apartar sus ojos de los míos. En su bello rostro se dibujó una amplia sonrisa de blancos dientes. Él me miro de arriba a abajo. Entonces me di cuanta: llevaba el albornoz desabrochado; lo anudé rápidamente.

Él se acercó sin dejar de sonreír y me acarició la cara. De cerca era todavía más bello. No podía moverme, ese hombre tenía sobre mí un efecto inhibidor de la propia voluntad, me sumía en un estado de hipnsois en el que sólo pensaba en ser poseída por él. Deseaba hacer el amor allí mismo, no me importaba quién fuese ni por qué estaba allí, sólo lo deseaba, era el deseo más ardiente que me había recorrido en el vida. Puro deseo, pura pasión, el sexo por el sexo.

Sus caricias fueron bajande de la cara al cuello, tan suaves, tan ardientes; me pesaban los párpados y mi mente no pensaba con claridad, me entrgué totalmente a él, no me importaba lo que hiciese conmigo. Cerré los ojos para sentir aún más su tacto, empecé a sentir un calor incontenible que me subía por el estomágo y estallaba en las sienes, notaba sus ágiles manos recorriendo mi cuerpo, desanudando mi albornoz, dejando que cayese al suelo para descubrir ante él toda mi desnudez. Su aliento olía a néctar y a fruta, lo sentí mientras iba recorriendo con sus labios los míos, mientras rehacía el camino hecho con sus manos, pero esta vez con su boca.
Sin mediar palabra, me recostó sobre la cama, yo lo miré a los ojos y deseé que se tumbase a mi lado, para acariciar su esbelto y moreno cuerpo, para recorrerlo como él había hecho conmigo: despacio, anhelando y disfrutando de todo su sabor. Se me antojó que su aroma debía de ser de canela, parecido a los dulces recién salidos del horno. Quise comprobarlo por mi misma y descubrí así que era todavía mejor. Hicimos el amor durante horas de la forma más salvaje y sensual que jamás había hecho, y que jamás volvería a hacer.

Me desperté por el frío, estaba tumbada en la cama, seguía desnuda y a mi lado no había nadie. Por un momento creí que había sido un sueño, quizá me había dormido y lo había imaginado todo. Me levanté para ir al lavabo, y entonces vi algo encima de la mesita de noche: había una nota, no recordaba que estuviese allí antes. La leí:

Querida, gracias por este maravilloso rato, espero que el destino nos vuelva a reunir algún día, mientras, recuérdame siempre, igual que yo te recordaré a tí


Han pasado muchos años ya, entonces yo tenía 29 y ahora se me considera una anciana; no revelaré este dato, ya que una dama jamás dice su edad.
No supe su nombre nunca, ni siquiera oí su voz. Pero no he sido capaz de olvidarlo. Me casé, tuve hijos y una vida feliz, pero no he le he podido olvidar. A veces, en la soledad de mi dormitorio, la mente se me inunda de nuevo con él, con su aroma y con su tacto, con su belleza egipcia.
Y la habitación parece llenarse de una fragancia a canela tostada.