viernes, 19 de marzo de 2010

FÚNDETE CONMIGO

Caminaba con la cara encogida dentro del abrigo, el aire era helado y tenía la nariz y las orejas congeladas. Las hojas de los árboles volaban a su alrededor, haciendo que se le metieran pequeñas piedras en los ojos, haciendo que una vez más las lágrimas le recorrieran el rostro; aunque por motivos muy distintos a los que últimamente le habían provocado la misma reacción.
Se sentía muy sola, ajena a todo y a todos, en una extraña ciudad, en un extraño país, rodeada de extraños.
Seguía caminando mientras, sin que ella se diese cuenta, el aire empezaba a calmarse y la noche se iba haciendo más apacible. El muelle estaba lleno de bolsas que el viento había llevado volando hasta él, algunas formaban pequeños espirales, como si de un tornado en miniatura se tratase; hojas marchitas y envoltorios tirados bailando en un loco frenesí otoñal. Eso le hizo recordar una de sus películas preferidas, American Beauty, en la escena en la que el chico protagonista (ése que en la película vendía Marihuana, no recordaba su nombre) graba las cosas más cotidianas, como una bolsa vacía que, al igual que ahora, es movida por el viento. Cosas cotidianas que son muy hermosas, pensó. Y siguió andando bordeando el muelle.
El mar estaba bravo, enfadado y, como un niño pequeño, pataleba a su manera, rugiendo y danzando con el viento. El mar iluminado por la ténue luz de la luna, el viento invernal que hacía chocar las olas... de repente se le antojó todo demasiado hermoso, demasiado grande, y ella demasiado pequeña. Ella la cosa más insignificante del Universo. Imaginó que quizá, como era tan diminuta y ligera, ése viento podría llevársela, hacerle viejar por el cielo hasta otro país, lo más lejos posible.

Y deseó fundirse con el Universo. Deseó formar parte de él.



El aire había cesado ya, pero ni siquiera reparó en ello, tan ensimismada estaba en sus pensamientos. Quien la miraba a lo lejos veía una silueta parada en medio del muelle, observando el horizonte.
Siguió imaginando. Ahora nadaba en el mar, con los pececillos que allí vivían. Jugaba con ellos y con las sirenas, que, por qué no decirlo, siempre había creído que existían.

Siguió deseando formar parte de ese enorme y hermoso Mundo que la rodeaba.

Hechó a andar hacia la playa. Cuando estuvo cerca de la orilla, se sentó y encendió un cigarro. Aspiró profundamente el humo, como si de aire puro se tratase. Se levantó y se quitó los zapatos, la chaqueta, la camiseta y los pantalones. Estaba prácticamente desnuda, sólo tapada por la ropa interior. El viento estaba prácticalmente calmado, lo que provocaba que el oleaje fuese más tranquilo, produciendo un sonido susurrante que anestesiaba sus sentidos. Se encaminó lentamente hacia el agua, estaba fresca. Siguió caminando hasta sentir que le cubría por completo, dejó que cada gota de le acariciase el cuerpo. Sin olvidar un sólo milímetro. Y se durmió, se durmió hasta fundirse con él. Por fin formaba parte del Mundo, del Universo.

A la mañana siguiente, cuando los primeros deportistas salían a hacer footing por la playa, sólo vieron la ropa mojada encima de la arena. Nadie supo nunca que ella había cumplido su mayor deseo, y que estaba observando dese el inmenso mar.

viernes, 12 de marzo de 2010

EL BELLO "ARTE" DEL TOREO

En Catalunya estamos últimamente en un sin vivir. Pues resulta que, por petición del pueblo catalán, se ha llevado a debate si el "arte" del toreo lo ha de seguir siendo aquí. Si tenemos que disfrutar con esta gran Fiesa popular... qué fiesta es esta? me pregunto yo.
La Fiesta Nacional en este nuestro país consiste en torturar a un animal que ha sido criado para este cometido. Y con tortura me refiero a las atrocidades a las que el toro es sometido antes de salir al ruedo: encierros a oscuras durante horas para que éste se vea debilitado y aturdido al salir a la plaza, ver la luz y oír los gritos de los espectadores; les suministran productos químicos (sulfitos) para provocarles diarreas, les cuelgan sacos de arena o pesos en el cuello durante horas... todo esto para que el "artista" pueda demostrar su gran "valor" a la hora de expresar todo su "arte" en la plaza. Y permítanme que abuse de las comillas, pero es que la frase lo pide a gritos.
Con tortura me refiero a lo que acontece cuando empieza el (dantesco) espectáculo: si el torero considera que el animal está, todavía, con demasiada energía y embiste con más fuerza de lo "normal" llama al picador. El picador es un hombre (loable trabajo el suyo, no sé ni cómo pueden dormir por las noches) que tiene como único cometido provocar fuertes e intensas hemorragias en el animal. Cómo? pues clavándole al toro varias lanzas en lomo, para provocar la mayor pérdida de sangre sin que muera. Lo que se busca es su lenta agonía, para mayor deleite de la afición.
El picador va en caballo, se trata de caballos sin ningún tipo de valor comercial, que suelen vivir unos 4 años máximo, debido al peligro al que se ven sometidos en su "trabajo". Se cree que los chalecos que llevan estos animales son para protegerles, aunque la realidad es que éstos sirven para ocultar las heridas que suelen presentar, la mayoría de veces mostrando vísceras. Ni que decir tiene que estas heridas son siempre causadas por las brutales cornadas que el toro le propina al pobre caballo, ambos obligados a estar en un estado de sufrimiento y estrés. Para goce y alegría del público.




También están las banderillas. Las banderillas son, a grosso modo, palos con puntas afiladas y largas que se clavan en los tejidos y músculos del toro. El buen torero procurará siempre clavarlas en el mismo sitio, para conseguir así que la hemorragia no cese, y que el animal se debilite cada vez más. Existen las conocidas banderillas "de castigo", que se usan cuando el toro ha escapado (como sin duda su instinto natural le ordena) de las estocadas del picador. Estas banderillas de castigo pueden llegar a medir, sólo la parte que penetra en el cuerpo del toro, hasta 8 cm. Perforan más y más los músculos, simplemente con cada movimiento del toro.
Pero no termina aquí. El toro está ya muy débil, aunque no debemos olvidar que son animales con una gran fuerza natural. Ahora el torero hace gala de su gran "valentía" y "arte" natural. Este es el momento en el que se acerca al toro, lo besa, etc. Cuando el animal ha pasado por la tortura más brutal a la que se le podría someter. También es el momento más esperado para la afición: ahora viene la espada.
El animal es ensartado por una espada de 80 cm. a la altura del cuello, ésta desgarrra pulmones, pleura, o cualquier órgano que esté en su camino. Si tiene suerte, lo mejor que le puede pasar es que le atraviese el corazón. Ni que decir tiene que casi nunca es así. La espada causa tal hemorragia interna que el toro muere ahogado entre grandes vómitos de sangre, para alegría y alboroto de la afición taurina.

Podría seguir, y explicar qué pasa si el toro no muere después de la espada, porque, aunque parezca mentira, aún hay alternativas por si esto sucede. Todavía quedan posibilidades para hacer que la muerte de ese pobre ser vivo sea más lenta y dolorosa.

Y os confieso que he llorado mientras escribíatodo esto. Porque no soporto ni imaginartodo lo que os he descrito. Y todavía tengo que aguantar oír por ahí que los catalanes no queremos los toros porque "todo lo que huele a España lo queremos prohibir". Yo creo que no huele a España, huele a maltrato y torura, huele a épocas pasadas, huele a barbarismo y a retraso social.

No confundamos el respeto por los seres vivos con la política.
Aunque a estas alturas, ya no sé qué hay en este mundo que no se politice,hasta la vida...

Un beso a tod@s, y hoy creo que tengo que decirles: Muchas gracias por aguantarme.

jueves, 11 de febrero de 2010

TE ECHARÉ DE MENOS


Recuerdo cómo llegué aquí. Hace ya muchos años, o al menos así lo siento yo, como si hiciese mucho tiempo.
Era una mala racha para una perrita joven y acostumbrada a vivir siempre en casa como yo. De repente, un buen día me encontré sola en la calle, tirada, sin nadie de mi anterior hogar, sin nada que llevarme a la boca.
El verano azotaba con fuerza las calles y el Sol abrasaba todo cuanto se ponía a su alcance. Recuerdo las sensaciones que pasaban por mi mente: miedo, ansiedad, angustia, recuerdos nostálgicos de momentos mejores... todo en mi cabeza era pánico; los coches que pasaban rugiendo, la gente corriendo sin darse cuenta de que yo estaba allí... intentaba decirles algo, mirarles a los ojos y esperar a que alguien se diese cuenta de lo neceistaba que estaba, de cariño y de cuidados; de que alguien me acogiese en su hogar.
Pasaron los días, deambulaba por las calles de la ciudad sin rumbo, usmeando los contenedores de la basura, buscando algo que comer. Poco a poco las fuerzas de perrita joven y sana con las que empecé mi fprzada aventura se fueron marchando, para dejar tan sólo algunas enfermedades causadas por la mala alimentación y la falta de higiene. En cuestión de semanas me eché encima más de cinco años. Y ya sabéis que los años perrunos son "más largos" que los años humanos.

Un día me encontraba yo tumbada en un pequeño porche, un poco escondido de las miradas ajenas y que además me resguardaba del sofocante calor. De repente, vi a tres hombres que, enfundados en un traje uniformado, venían directamente hacía donde yo me encontraba. Quise huir, pero mis pocas fuerzas me jugaron una mala pasada y no me dio tiempo a escapar. Se avalanzaron sobre mí y me metieron dentro de una furgoneta. Estaba segura de que era mi fin. Extrañamente, seguía recordando con añoranza a mi anterior dueño, aunque fuese él quien me dejó tirada en la gasolinera. Aunque fuese él quien me llevase a esa aventura que, estaba ciento por ciento segura, me encaminaba a la muerte.

El camino hasta el centro de acogida se me antojó eterno. Parecía que en cualquier momento iban a parar aquélla furgoneta para obligar a que me bajase y hacer lo propio. Pero no. Llegamos a la residencia, recuerdo que estaba extremadamente débil, apenas pordía caminar por mi misma. Y aquellos hombres me ayudaron. Me llevaron a una habiación donde un veterinario me examinó por completo. No sé qué diagnóstico les debió dar a mis captores, pero no sería demasiado bueno, porque éstos me miraron con ojos tristes. Me pusieron un par de inyecciones y me llevaron a mis nuevos "aposentos".
Se trataba de un puñado de jaulas alineadas, por lo menos alcancé a ver cincuenta mientras me trasladaban a la mía, pero estoy segura de que habían más. Se podían oír muchos gritos de perritos como yo. Todos estaban tristes y, algunos, agotados de vivir. Por fin llegamos a mi jaula; no era muy grande, debía medir unos cinco metros cuadrados, en su interior habían dos perros más: un caniche de color blanco y un pequeño pequinés muy mayor. Al entrar en la jaula se me quedaron mirando, aunque parecían acostumbrados a compartir su "dormitorio" con desconocidos.
Los hombres que me habían capturado improvisaron una cama para mi, con algunas mantas viejas. Me cogieron y me dejaron encima, la verdad es que en la situación en la que me encontraba se me entojó la cama más cómoda del mundo. No podía apenas moverme, estaba sin fuerzas. Recuerdo vagamente que intenté hablar con mis compañeros de habitación, pero estaba tan cansada que no conseguí que mis palabras tuviesen sentido. Caí agotada en un profundo sueño.
Pasaron horas, muchas. Me despertaron una chica joven y un hombre que me obligaron a comer una especie de papilla insípida y densa. Después más visitas al veterinario. Cada día al menos dos veces.
Pasó una semana, y me sentía mejor. Había recuperado parte de mis fuerzas, pero seguía teniendo problemas en el estómago. Todo lo que comía me sentaba mal. Y mi delgadez era extrema, cosa que parecía que preocupaba a mis cuidadores, que era en lo que se habían convertido esas personas.
Un día,cuando llevaba cerca de diez días en la residencia, llegaron unos visitantes inesperados. Y fue la mejor visita que jamás hubiese podido tener. Se trataba de un chico joven, de unos veinte años, junto con una mujer y un hombre de mediana edad. Me vieron tumbada en mi camita y al momento se pararon delante de mi jaula, me sonrieron, y sentí sus voces cálidas llamándome, pidiéndome que me acercara. Yo estaba cansada, y además sentía pánico por toda persona que no fuesen mis cuidadores. Pero entonces recordé cuánto me gustaba cuando mis anteriores dueños me acariciaban, me hacían fiestas y jugaban conmigo. Recordaba todo aquello muy lejano, casi como si hubiese pasado en otra vida. Esos fueron los recuerdos que me animaron a levantarme y acercarme a aquélla gente, y por eso saqué fuerzas para mover mi colita (que fue amputada cuando era tan sólo un bebé, además de las orejas, que me recortaron para que pasaran de ser unas orejas grandes y caídas de perrita bonachona a unas subidas y puntiagudas. Parece ser que así impongo más respeto... cosa que nunca he entendido, porque es lo último que quiero transmitir.) y lamerles las manos, quería demostrarles que era simpática y que agradecía que se hubiesen parado ante mi jaula. Porque desde que había llegado allí, incluso desde que me dejaron en la gasolinera, nadie había mostrado el más mínimo interés por darme algo de cariño, cosa que yo echaba enormemente de menos.
Estuvimos así un rato, conociéndonos, la verdad es que se me antojaron buenas personas. Ellos hablaron un rato con uno de los hombres que me cuidaba, mientras hablaban desviaban sus miradas hacia mi, y me sonreían. Yo movía mi colita. De repente, abrieron la jaula y me sacaron. Estaba asustada, temía que me volviesen a dejar tirada en la calle. Me metieron en un coche y estuvimos de viaje un rato, una media hora; hasta que llegamos a una casa. Una gran casa con jardín, un jardín enorme. Me soltaron allí y me dieron de comer, me prepararon una camita dentro de una habitación resguardada y me acariciaron largo rato. Había más gente. Habían dos niños, de unos quince años, la niña sobre todo estaba encantada conmigo, me besaba, me acariciaba, me abrazaba... me sentía muy feliz. Hacía mucho tiempo que no lo estaba tanto.

Y esta es mi historia. Ahora, después de más de diez años, estoy muy mayor y veo como mi luz se apaga. También veo que mi familia está triste porque ven que me van a perder, y a mi me gustaría poderles decir que no se preocupen, que gracias a ellos volví a nacer y he podido disfrutar de una vida plena y feliz. Me gustaría decirles que les quiero.
Aunque tengo la sospecha de que ya lo saben, porque llevo mucho tiempo demostrándoselo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

MIEDO

Últimamente parece que el viento sopla con más fuerza que nunca. O así lo siente ella cuando camina por la calle con la bufanda subida hasta los ojos y la cabeza encogida, como si quisiera fusionarse con el resto de su cuerpo.
Las manos en los bolsillos y los puños apretados de manera inconsciente, así parece que el calor se retiene durante más tiempo. Los cascos en las orejas bien colocados, para no oír ningún sonido del exterior. Y camina, camina,camina.
Es casi de noche, aunque apenas son las 5 de la tarde. El invierno se ha hecho fuerte rápido, y de la noche a la mañana se han cambiado las camisetas de tirantes y las sandalias por los abrigos y las botas. Parece que el frío ha llegado definitivamente para quedarse del todo. La canción que suena le gusta, así que sin darse cuenta, acelera el paso y empieza a mirar a su alrededor, las hojas de colores ocres que se diseminan por aquí y por allá bailan un caprichoso y apasionado vals con el viento. Se levantan en espiral para después caer; y vuelta a empezar.
Se enciende un cigarro y sigue caminando, esta vez con la bufanda bajada para poder inhalar el humo del pitillo. Se da cuenta entonces del vaho que sale de su boca, de lo frío que está el ambiente. El tabaco siempre le ha dado una falsa sensación de calor cuando fuma en invierno. Inhala profundamente el humo, sabe que este vicio le matará algún día, pero no es capaz de dejarlo.
Sigue caminando atravesando la ciudad, sin fijarse demasiado en nada ni nadie, absorta en sus pensamientos. Pero hay algo que la saca de sus divagaciones. A lo lejos, cerca del mercado de la ciudad, ve una sombra que se difumina en la negra noche. Hasta aquí todo parece normal, pero lo que le llama la atención es darse cuenta de que, al contrario que ella, este personaje no emite vaho al respirar. Qué siniestro.
Decide aminorar el paso y acercarse. No sabe por qué pero su corazón le late muy fuertemente, está emocionada, excitada. Quizá es lo que necesite ahora mismo, un poco de caña. Sigue caminando hacia la extraña sombra, que resta inmóvil a las grandes puertas del mercado. Al irse acercando, empieza a sentir un fuerte olor a azufre, intenso y molesto, que se introduce y se clava en su pituitaria. Recuerda que su abuela cuando era niña le explicó leyendas y cuentos de espíritus demoníacos; cuando alguno de estos entes se manifestaba, lo podías saber gracias al olor a azufre. O a huevos podridos,como le decía la yaya.

Este olor le hace recordar historias de terror que, leyendas o no, le hacen revivir aún con pánico aquéllos cuentos que la abuela le contaba cuando era sólo una niña. Para la abuela no eran cuentos chinos precisamente.
Se decía en la familia que su abuela y bisabuela habían tenido poderes. Que eran capaces de ver más allá que el resto, de entender más que nosotros. Decían también que era hereditario y genético en las mujeres de la familia, como una especie de don de la naturaleza que sólo las féminas de su estirpe tenían la suerte de poseer. Aunque esta creencia dejó de serlo cuando su madre, una mujer racional y entregada a la ciencia, manifestó que todo eso eran tonterías y habladurías de vieja. Que ella no veía ni oía nada que no viesen y oyesen todos. Así que, desde entonces, el don de las mujeres de la familia pasó a ser un cuento de verdad. Y así lo había interpretado ella siempre.

Con estos pensamientos está cuando se cruza con el extraño personaje. Éste la mira de arriba abajo, y ella puede sentir ese olor más fuerte, puede oír su respiración ronca y susurrante escapar entre los dientes, puede ver su cara abrupta y malformada gracias a la tenue luz que la luna brinda. Pero no puede ver el vaho, ni sentir su aliento. Parece que ese ser está muerto. O al menos, parece que no es un humano.
Al cruzarse con él, acelera el paso sin saber por qué, de nuevo el corazón trota en su pecho y la hace sentir viva. Aunque recuerda esa sensación: es el miedo, miedo que no había sentido desde las historias y leyendas de la familia. Miedo irracional pero patente. Miedo que se le hace difícil de controlar. Se le hace difícil no echar a correr como alma que lleva el diablo. Como un niño que huye del hombre del saco. Pero es una adulta, y no puede dejarse sobrepasar por eso. Es sólo eso, química. Todo lo que siente en su interior son reacciones químicas, se repite continuamente.



Ahora no le molestan ni el viento ni el frío, ni siquiera les presta atención. Sólo piensa en huir, huir de esa terrible imagen que ha visto. Huir lejos y olvidarla, o enterrarla en lo más profundo de su psique. Se gira para comprobar que todo sigue bien, pero allí está, igual, con la misma pose estática, pero ahora ya no en las puertas del mercado, sino cerca del puerto, a tan sólo 10 metros de ella. Se ha acercado. Y ella vuelve a mirar al frente y sigue acelerando el paso, deseando que todo sea un sueño o una alucinación. Ahora casi está corriendo. El olor a azufre sigue siendo penetrante, parece como si la persiguiese. Para sus adentros reza las pocas oraciones que sabe (educada bajo una doctrina totalmente laica, sus padres nunca le inculcaron fe; solamente una: creer en lo que se puede demostrar, lo demás, no existe.) Sigue huyendo mientras todos estos pensamientos la acechan, hacen que esa sensación infantil de miedo visceral se agrande y la invada por completo. Está totalmente aterrada. Se vuelve a girar: su perseguidor (ya está segura de que lo es) se encuentra ahora a tan sólo unos pasos de ella, si saltase, la alcanzaría sin problemas. Ahora puede fijarse en sus ojos: son totalmente blancos, como si no tuviesen retinas. Aunque parecen unos ojos secos y sin capacidad para transmitir información visual al cerebro, se da cuenta de que ven y miran. Se da cuenta de que la buscan. Todo transcurre en un segundo, el extraño personaje está demasiado cerca, la está oliendo, busca su aroma. La busca a ella. De repente, él la mira fijamente con esa mirada vacía y siniestra, unos ojos que le hace sentir frío desde dentro hacia afuera. Se estremece con esa sensación. Él le sonríe y le deja ver una dentadura marrón y con pocos dientes. Esa sonrisa es lo último que necesita para salir, ahora sí, huyendo pies para que os quiero. (Como el niño que huye del hombre del saco, ya no importa decir que ese miedo es quien está controlando ahora sus actos).

Sigue corriendo y corriendo, sin mirar atrás y sin dejar de sentir ese olor a azufre. Está atemorizada. Está segura de que lo tiene detrás de ella, caminando pero yendo demasiado rápido para un ser humano, persiguiéndola. Corre tanto que pierde uno de sus zapatos, pierde el mp4 y hasta el bolso. No le importa, sólo piensa en no perder la vida. A lo lejos, ve el bloque de apartamentos en el que vive, y una ligera sensación de alivio y protección quiere aflorar, pero el propio miedo visceral no le deja. Sigue corriendo. Todo lo rápido que dan sus piernas, sin pensar en que va medio descalza y llorando, sólo piensa en llegar. Llegar a casa y cerrar la puerta tras de sí.
Por fin entra en el portal. Decide subir por las escaleras, estar en un espacio tan cerrado y pequeño como el ascensor cuando “algo” como eso te persigue no parece muy buena idea. Sube los 4 pisos hasta su apartamento en menos de un minuto, por fin, llega a casa y cierra la puerta.
Su respiración está totalmente agitada, le duele la garganta y el pie que ha perdido el zapato está ensangrentado y herido. No sabe cuándo perdió el zapato, no sabe cuántos metros habrá corrido sin él. Se apoya en la puerta, se deja caer abatida y no puede evitar echarse a llorar como una niña.

De pronto empieza a oír algo, una especie de ronroneo, un sonido... como de arañazos. Alguien está arañando la puerta de su apartamento. Y ella está allí, encerrada. Empieza a pensar que quizá no ha sido tan buena idea ir a casa.

Ahora los arañazos son más fuertes, más continuados y más insitentes. Escucha una risa gutural al otro lado. Está segura, es él.

Quizá su abuela no estuviese tan equivocada como decía su madre. Quizá, sólo quizá, “eso” de detrás de la puerta sólo es capaz de verlo ella. A partir de hoy, si sale de ésta, aprenderá a creer un poco más en cuentos de viejas.

jueves, 15 de octubre de 2009

¿Y MIS MUSAS?


Que alguien me explique, si es que alguien lo sabe, dónde andan las musas metidas... ¿estarán de vacaciones como dice Serrat? ¿o quizá es que simplemente me han abandonado? ¿A ustedes también les pasa, o es que es algo personal entre ellas y yo? Ando desconcertada y perdida en este aspecto, la verdad. Y lo peor es que nadie me sabe ayudar.
Pensando, he recordado que al iluminado contestatario antisocial que es el Sr. Risto Mejide lo han nominado al Premio Planeta, por su "Pensamiento Negativo"; pues quizá será eso, que las Musas están con él, para decirle a quién ha de criticar y cómo en su libro y en su programa (por descontado rebelde, antisocial y afilado cual filo de navaja). Y así vamos, ¿las Musas se han vuelto igual de hipócritas que el Mundo o qué pasa? que alguien me lo explique, porque yo de verdad que no lo entiendo.

Pues eso, y le sigo dando vueltas al tema... ¿dónde estarán mis musas? Estarán, me digo, con el Sr. Presidente de la Generalitat de Valencia, el Sr. Camps, inspirándole para escurrir aún más el bulto, a ver si cuela y podemos quedarnos donde estamos, en el cotarro. Buscamos un cabeza de turco y .. voilà! aquí no ha pasado nada, todo es claro y transparente. Tan transparente como un montón de estiércol, disculpen la imagen que se habrá dibujado en sus mentes pero es que, de verdad, no se me ocurre nada más ilustrativo que un montón de mierda para que nos hagamos una idea todos de la turviez de todo este asunto. Pero no sé, ¿será eso? ¿estarán las musas tan corrompidas?.

Y más vueltas le doy. Y ahora recuerdo más cosas; como por ejemplo la cantidad de paro que sube y sube y sube... y, claro, me doy cuenta de que las Musas también tendrán que estar ahí, inspirando al Sr. Presidente del Gobierno, Zapatitos Bambi, a salir de este embrollo con la cabeza alta. Pero es que me parece que ni con todas las musas del universo va a ser posible, señor Presidente. Porque esto no lo aregla ni Dios, así que menos las Musas.

Así a bote pronto, me salen más necesitados de Musas que Musas hay en el Mundo. Y claro, ya empiezo a comprender el por qué a mí ni me miran a la cara. Demasiado trabajo, mejor dicho, demasiada basura que limpiar para sólo un puñado de almas de buena intención como son ellas. Pues normal que haga tanto tiempo que yo no sé de ellas. Ahora lo entiendo...

En resumen, que nada podemos hacer para que las Musas regresen a darnos su inspiración mientras nuestros pobres políticos, personajes televisivos y showmans estén tan necesitados. ¿No nos da penita? Como siempre ha sido, en este país hay estratos, ¿no los notan?

viernes, 11 de septiembre de 2009

ADIÓS

"Este Adiós, no maquilla un hasta luego,
este nunca no esconde un ojalá,
estas cenizas, no juegan con fuego,
este ciego, no mira para atrás;
este notario, firma lo que escribo,
esta letra, no la protestaré.
Ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas, son las de después.
A este ruido,
tan huérfano de padre no voy a permitirle que taladre un corazón podrido de latir.
Este pez, ya no muere por tu boca,
este loco, se va con otra loca,
estos ojos, no lloran más por tí".